Llegando a Viana
Viana al fondo

6ª Jornada

Domingo, 9 de septiembre de 2001

Los Arcos – Viana

Parcial 19 Km; Total 129 Km; A Santiago: 621 Km 

Caminos rompepiernas

        Salgo de Los Arcos a las ocho menos cuarto con mis empeines todavía doloridos. En la gasolinera encuentro al gallego que vuelve a casa por problemas en la rodilla. Pasando por el Albergue me tropiezo con las catalanas de Vic que también vuelven a casa, no aguantan más. Poco a poco el Camino va imponiendo su ley y pasa factura.

        No encuentro ningún bar abierto y por lo tanto hasta Torres del Río no podré repostar el estómago. Paso ante el cementerio, en cuya puerta se puede leer tan explícito epitafio universal: "Yo que fui lo que tu eres, tu serás lo que yo soy", suficiente para llevar ocupada la mente durante un buen rato. Prosigo por pistas en buen estado entre viñedos, llegando a Sansol en hora y media. Vadeo el barranco y cruzo el puentecillo sobre el río Linares. Enseguida estoy en Torres del Río dirigiéndome a la Plaza de la Iglesia del Santo Sepulcro de planta octogonal. El tramo de etapa se me ha hecho interminable, el dolor de los empeines no se me quita y eso me preocupa. Necesito calorías sin falta, así que en la típica tienda de pueblo pido un soberbio bocadillo de jamón serrano y un plátano y me voy al bar a comérmelo todo con una cerveza, después café con leche con un comprimido de los que me había dado Belén. En el bar encuentro a la peregrina bilbaína con su marido que había ido a acompañarla el fin de semana, nos saludamos y charlamos un poco.

        Menudo cambio experimenta mi cuerpo, parezco otro. Progresivamente me voy recuperando y después de salvar una serie de barrancos rompepiernas, atravieso la vaguada del río Cornava dejando a un lado el despoblado que da nombre al río, cruzo la carretera y por una pista en buen estado paralela al asfalto, me presento en Viana en dos horas y media y lo mejor de todo casi sin sentirlo. Por el camino me había encontrado con Gandhi, la pareja de belgas mayores que parecen salidos de las historietas del Tío Aquiles, el grupo joven de belgas que aparentan pasárselo en grande, otro grupo de jóvenes alemanes muy alborotadores y en fin, otros peregrinos que conocía de vista.

        Pronto deberé encontrar a alguien para conversar durante la marcha, se hace triste caminar solo, aunque a veces se desea. El paisaje muy bonito, campos de cepas con la uva ya lo suficientemente madura para la vendimia se alternan con campos de cereales trillados salpicados de algún que otro pinar.

       En Viana, último pueblo de Navarra en el Camino, me presento en el Albergue que denota buena apariencia, espero a que me toque una cama baja, pues la hospitalera no abre nueva habitación hasta que no se complete la anterior y en esa solo quedan camas del tercer piso. En el ínterin, aprovecho para darme una buena ducha. Lo mismo hacen la pareja de belgas que están conmigo y que también prefieren una cama baja.

        Aprovecho para arreglar algo mis pertenencias, un poco de descanso en la cama no me viene mal y a comer el menú del peregrino al Bar Pitu (macarrones y carne guisada). El pueblo está en fiestas y como es natural todos los vecinos están muy animados y comen en largas mesas instaladas en la calle.

        Me echo la siesta y al poco rato se presenta un miembro de la Asociación de Amigos del Camino Vianade Viana que me pregunta si tengo inconveniente en llevar dos sobres a los hospitaleros de Burgos. No faltaría más -le contesto- haré de correo del zar con mucho gusto. A su vez, se interesa por mis piernas, le explico lo de los empeines y me recomienda que deje las cordoneras de las botas más sueltas y que introduzca algodón entre el pie y el calcetín en la zona de molestia. Le agradezco sus consejos que aplicaré en lo sucesivo.

        La pareja de belgas mayores están en mi habitación y el grupo de belgas jóvenes con los alemanes en la contigua que se comunica, esperemos que no armen mucho jaleo.

        Me levanto y salgo al exterior donde luce un sol espléndido, me asomo al mirador de la Iglesia de San Pedro desde donde se divisa una panorámica maravillosa de la extensa planicie formada por la depresión del Ebro cuyo cauce parece adivinarse a su paso por Logroño, ciudad que se distingue a lo lejos junto al cerro Cantabria. Me dirijo al centro urbano de Viana, todo es bullicio, la gente se divierte, “la gente quiere fiesta”, como acostumbraba decir mi buen amigo Fidel, Capitán de la Marina Mercante y antiguo compañero de mi época en los remolcadores. La Plaza de los Fueros se encuentra a tope, no cabe un alfiler; el Ayuntamiento de construcción típica navarra y la Iglesia de Santa María enfrente, en sus calles abundan mansiones blasonadas formando un recinto amurallado.

        A las siete y media sueltan al toro por la calle principal y el gentío ataviado con trajes típicos, pantalón y camisa blancos, pañuelo al cuello y cinturón rojos, parecido al que llevan los mozos en las Fiestas de San Fermín, se entretiene con el toro que corre calle arriba calle abajo, yo me quedo junto a la Iglesia de Santa María en la Plaza del Ayuntamiento observando como se divierte la concurrencia. Un mozo cubriéndose con un tablón se contorsiona al paso del toro. A la media hora sacan unos mansos y encierran al morlaco.

        Comienza a refrescar y me acerco al Albergue a ponerme el polo y como es hora de cenar me acerco al Bar Pitu. Allí se encuentran casi todos los peregrinos conocidos alrededor de una gran mesa donde me hacen sitio. Conozco a un peregrino portugués, Daniel, que habla por los codos y entiende muy bien a los guiris. Aunque parezca mentira, el único español en la mesa un servidor. Allí conozco también a un parisino, Gerard que con su gran barba entre canosa y gris parece un gurú y de hecho es un curandero que con un péndulo intenta transmitir energía positiva a su clientela. Está también un muchacho inglés con la cabeza al rape y con un pierce en una de sus cejas y que también se dedica a lo mismo que el francés pero empleando un método japonés. Los demás los de siempre, la pareja de belgas, las belgas jóvenes, la ranchera y dos parejas de alemanes.

        La camarera muestra la carta a Daniel para que la traduzca y pregunte a cada uno lo que desea. Daniel es enfermero y vive en la Fortaleza de Valença do Minho, dice que piensa llegar a Santiago y después continuar hasta su casa por donde discurre el Camino Portugués, yo le digo que conozco la Fortaleza donde estuve haciendo turismo con mi esposa y unos cuñados. Se le nota un líder nato. Se entiende con todo el mundo y trasmite a la camarera la información requerida. Fue una cena muy animada.

        Acabada la cena al Albergue a dormir. Allí me entero que hay un peregrino que es de Cartagena, escucho que se lo está comentando a otro peregrino; vaya hombre!!, qué casualidad!!

Viana

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