Castrojeriz

14ª Jornada

Viernes, 26 abril 2002

Hornillos del Camino-Castrojeriz

Parcial 19 Km; Total 298 Km; A Santiago: 450 Km  

El páramo castellano

        Hoy no he madrugado. Son las 07:30 horas y la mayoría de los peregrinos han partido ya. La peruana me comenta que entre un peregrino escocés, Fernando y un servidor hemos amenizado la noche con un mini-concierto “ronquil”. –Gajes del oficio- le contesto- de todas maneras, lo siento.

        Voy en compañía de Fernando Pazos, el bar se encuentra aún cerrado por lo que a pesar nuestro, no tenemos mas remedio que iniciar la jornada sin desayunar. La salida de Hornillos comienza como ya va siendo habitual en la meseta castellana: una pista en ascenso hasta alcanzar el siguiente páramo. Entre los cultivos de cereal y forraje a ambos lados del camino, observamos muchos majanos de piedras de caliza resultado de despedregar esos campos tan agrestes. Asimismo, en las orillas, los peregrinos habían formado, al igual que en otros lugares de la ruta, agrupaciones de hitos con piedras super-puestas.

        Alcanzamos al matrimonio peruano, van muy despacio, René tirando de la pobre mujer, les deseamos Buen Camino.

        Se acaba este páramo y descendemos a un valle atravesado por el Arroyo San Bol. Pasado el cauce casi seco un cartel con sus flechas orientadas hacia la izquierda nos indica la existencia de un Refugio para peregrinos, verdaderamente parece un oasis en medio de tanta desolación.

        Otra subida hasta el siguiente páramo. Cruzamos una carretera local asfaltada continuando al frente. Hontanas se hace de rogar, tenemos hambre y desearíamos que estuviere allí mismo. A esta hora de la mañana todavía se nota bastante fresquillo, lo que alivia en parte la monotonía del paisaje. Nos cruzamos con varios peregrinos extranjeros.

        Después de un rato y tras unos postes de la luz, divisamos la parte alta de un campanario y conforme nos vamos acercando van apareciendo los tejados de unas casas, era Hontanas que haciendo honor a su nombre se encontraba en una hondonada. Descendemos del páramo hacia la entrada del pueblo que el Camino cruza por su calle Mayor.

        El único bar que encontramos es el del famoso Vitorino, otro emblema del Camino, Fernando me dice que me fije en su frente donde unas manchas rojizas le delata. Era la señal inequívoca de haber montado su numerito del vino la noche anterior.

        Su cochinera estaba atestada de peregrinos guiris. Al mesonero le faltan manos y memoria para adivinar primero y servir después lo que le demandan.

        Tanto Fernando como yo tenemos hambre, procuramos aislar nuestros estómagos de la vista, pero la empresa es difícil en esas condiciones. Encima, Vitorino se mosquea porque dudamos mucho al pedir la consumición y realmente es para salir corriendo. Al final nos decidimos, un platito con queso, chorizo, jamón y un tomate entero, vino y gaseosa. Comenzamos a inquietarnos porque para más “inri”, Vitorino nos sirve de muy malos modos, lo que da pié a Fernando para recriminarle su acción. Comimos de muy mala gana pues el jamón estaba rancio, el vino era de pellejo peleón y la gaseosa estaba caducada desde al año 2000. Dicen que "para el hambre no hay pan duro" y nunca mejor dicho en esta ocasión porque hasta el pan era de no se sabe qué día. Esperemos que el almuerzo no nos siente mal. En fin, estas son las vicisitudes del pobre peregrino, nos dejamos en la mesa más de la mitad, pagamos la cuenta y salimos pensando para nuestros adentros no volver a pisar nunca más la inmunda pocilga de Vitorino.

        En la Plaza de la Iglesia encontramos a la desigual pareja peruana, habían estado en el Centro de Salud para curar las heridas de la mujer y ahora estaban tranquilamente al aire libre almorzando lo que habían adquirido en una tienda, ellos habían acertado. Les deseamos –buen provecho y Buen Camino.

        Antes de proseguir el Camino, hacemos una visita al albergue de Peregrinos que nos causa una impresión excelente.

        A la salida de Hontanas, nos fijamos que a la derecha están construyendo una edificación emulando a un castillo, es curioso. El paisaje parece que recobra la alegría, pasamos por un valle con grupos de arbolado y hasta la tierra parece más noble. Dos águilas culebreras planean sobre nosotros con la cabeza baja escudriñando con su aguda mirada cualquier movimiento extraño en el suelo. Aunque luce el sol y el calor va en aumento, nuestros pasos son acompasados y fáciles, vamos charlando activamente.

Llegando a las ruinas del Convento de San Antón  Media hora más tarde y tras pasar a una carretera local asfaltada divisamos las ruinas del Convento de San Antón y pronto nos plantamos bajo sus maltrechos arcos. Observamos detenidamente los ventanales que están divididos en secciones por las tres tramas de la ttau griega”, signo característico de la Orden de San Antón que llevaban los monjes grabada en azul sobre sus hábitos negros. A la izquierda de la carretera la portada ojival de la Iglesia y frente a ella, en un muro, el hueco de unas alacenas donde los monjes depositaban comida para el servicio de los peregrinos rezagados que se veían obligados a dormir al raso. En lugar de comida, ahora había un montón de papelillos amarillentos por el óxido sujetos con piedras donde algunos peregrinos han dejado algún recuerdo escrito. Nos quedamos absortos intentando adivinar lo que este Convento habría significado en la lejana Edad Media y el número de peregrinos que habían sido curados allí por los Antonianos del mal que azotó a Europa durante los siglos X y XI llamado “fuego de San Antón”. ¿Cuántos siglos de historia dormidos entre sus erosionados muros nos rodean?. Una llamada al móvil nos devuelve al presente, era Vicente el donostiarra comunicándonos que ya está de camino y que prevé poder llegara Castrojeriz a la hora de la comida.

Llegando a Castrojeriz  Seguimos nuestro Camino girando la cabeza para echar una última mirada a las ruinas del Convento. Por la carretera se aprecian grupos pequeños de peregrinos desperdigados soportando a estas horas el calor del sol y del asfalto. Muy pronto divisamos Castrogeriz en la base de un cerro con un Castillo en lo alto. A “ojo de buen cubero”, nos faltan unos tres kilómetros para alcanzar la entrada del pueblo. Aprovechamos para llamar a Moncho Trigo para decirle donde nos encontrábamos, nos comunica que Zorrilla ya esta allí.

        Pasamos ante la Colegiata de Nª Sra. del Manzano con maravillosas obras de arte en su interior y donde en uno de sus muros hay unas huellas que la leyenda atribuye a las que marcaron las herraduras del caballo de Santiago en un gran salto desde el Castillo.

        Después de recorrer un tramo interminable de “sirga peregrinal” entre las casas del pueblo, llegamos a La Posada donde teníamos reservadas dos habitaciones. Hago posesión de mi habitación y después de una buena ducha y masaje a los pies, me planto en el Restaurante El Mesón donde el Grupo de Amigos del Camino de Santiago y Hospitaleros habíamos quedado para comer.

        Ellos ya se encontraban sentados alrededor de una mesa dispuestos a comenzar el ágape. Hacemos las presentaciones y allí es donde conozco personalmente a Moncho Trigo y su encantadora esposa Ana, Antonio Zorrilla el mirandés, Resti el hospitalero de uno de los albergues del lugar, Vicente el donostiarra, los hospitaleros Pilar, Isabel, Maripí, Constance la francesita y unos compañeros de José L. López Lacalle, periodista de El Mundo asesinado por ETA y que se encontraban allí haciendo el Camino. Todos me parecieron estupendos. Ahora sí que – como muy bien dice Antonio Zorrilla- podemos poner una cara a los mensajes de cada cual.

Esperando la apertura del Albergue  Después de llenar nuestros estómagos con una buena comida, nos acercamos al bar Oliva a continuar la sobremesa acompañada de unas copas y en espera de la apertura del Albergue de Resti, que será a las cuatro.

        En el ínterin, aparece Ales que acaba de llegar de Madrid donde había asistido a una Feria. Viene hambriento y sudoroso del viaje por lo que enseguida se le ofrece una ración de empanada que casi la “devora” acompañada de sidra fresquita. También aparecen Pepe y su esposa Mª Angeles, hospitaleros de Luarca.

        Continuamos la larga sobremesa en el bar El Lagar y cuando llega la hora nos acercamos a las dependencias del Albergue Municipal, para asistir a una tertulia programada sobre la problemática de los Albergues de Peregrinos. Fernando y yo nos hallamos más bien de “oyentes”. Como ocurre en casos similares, cada uno tiene su visión peculiar del asunto.        

Poniendo a punto la "queimada"  Vamos a cenar al bar Oliva y después de los postres, el hospitalero de Luarca Pepe, se brinda a asombrarnos con una queimada y su correspondiente conxuro en versión íntegra, que va recitando con voz cavernosa mientras la cara y sus grandes ojos quedan iluminados con el reflejo de la azulada luz del aguardiente en llamas que destaca en la oscuridad reinante, "Mouchos, coruxas, sapos e bruxas....". De verdad, fue un espectáculo sobrecogedor, no encuentro palabras para describir la escena donde participamos todos los presentes con las miradas absortas fijas en la llama observando como cae una y otra vez del cazo al bol y respondiendo al druida con -meigas fora- a cada conxuro.

        La larga noche acaba en una disco, “cueva de sonidos” en palabras de Ales. Donde intercambiamos anécdotas, cuentos y otras historias de los listeros que por fin empezamos a conocernos de verdad. Yo me voy pronto a descansar pues la música me machaca el cerebro de lo fuerte que la ponen. Mañana será otro día.

        Otro día que parece va a ser espléndido. Desayuno con los demás “listeros” en El Mesón, donde Ales, nos impresiona con su PC de bolsillo y teclado articulado, tiene grabado hasta “El Corán”.

        En el Albergue Municipal nos esperan para una mesa redonda en la que participa un ex-alcalde de Castrogeriz que nos transmite sus experiencias con el Camino de Santiago desde su niñez. Cuando yo era pequeño –nos comenta el ex-alcalde- jugaba con otros niños a la pelota en la calle, la puerta de la casa siempre permanecía abierta. Oigo a mi madre que me grita –niño, entra y cierra la puerta que viene un peregrino- Este fue el primer recuerdo de toma de contacto con el Camino, cuando todavía los peregrinos iban con capa y sombrero de felpa.

        Después del discurso y tras el correspondiente coloquio sobre “la verdad del peregrino”, unos fueron a oír la Santa Misa en la Iglesia de San Juan y otros fuimos a tomarnos unos vinos en El Mesón.

        Nos reunimos todos a comer un exquisito “cocido burgalés” y después a tomar café al bar Oliva donde la mayoría aprovecha para reposar el cocido.

        Cuando son las cuatro, Fernando se va con Resti para ayudarle en la casi siempre conflictiva recepción de peregrinos y es allí donde Fernando toma su primer contacto como hospitalero y comprueba in situ los problemas, sobre todo con los “falsos peregrinos”. Excelente muchacho Fernando, ojalá podamos en el futuro hacer alguna caminata juntos.

        Después de un rato más de conversación en El Lagar, comenzaron las siempre tristes despedidas deseándonos mucha suerte y salud para repetir la reunión, cada uno tenía que volver a sus obligaciones.

        De buena gana hubiera continuado el Camino, pero tengo unos compromisos pendientes y debo volver a Castellón, dentro de una semana retomaría nuevamente el Camino y entonces si Dios quiere para terminarlo.

        Fernando y yo nos hacemos un hueco en el coche de Moncho y Ana que amablemente se prestan a trasladarnos a Madrid, desde allí Fernando toma el Auto-Res para Valencia y un servidor el Alaris a Castellón al día siguiente.

        La semana me ha servido en primer lugar para saber que todo mi cuerpo responde al esfuerzo, principalmente la rodilla que me falló y estaba en condiciones de llegar sin novedad a Compostela y en segundo lugar conocer personalmente a unos cuantos compañeros de Lista que resultaron todos unos amigos inmejorables.

Burgos-Hornillos del Camino Castrojeriz-Frómista

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