Cumbres del Iparla desde el lado español

11ª JORNADA

S. Etienne de Baïgorry - Bidarray ( 18,3 km)

Jueves, 12 de junio de 2008

Juan toca diana a las 07:00 horas. Hemos dormido a gusto en este pequeño, aunque bien aprovechado albergue . Con la leche, cacao y bollería comprada el día anterior, preparamos los desayunos y a las 08:00 horas ya estamos dispuestos a iniciar la jornada peregrina con los estómagos calientes.

En el exterior hace fresco aunque a tenor del estado del cielo con nubes sueltas, parece que por el momento nos vamos a librar de la lluvia. Retrocedemos hacia el pueblo hasta dar con las marcas blanco-rojas del GR-10, un poco antes de llegar a la plaza del frontón, aproximadamente 1 km desde la gîte d'etape.

Tomamos a la derecha y muy pronto nos encontramos en plena ascensión a la ladera de la montaña. Dejamos las últimas casas de Baïgorri y entre caseríos dispersos vamos remontando. Allá arriba, ante nosotros tenemos el macizo de Iparla que nos espera.

Trocha empinada
Larga "longaniza" por la loma

Cuando llevamos recorridos 2,5 km las marcas nos desvían por la izquierda dejando la carretera por una trocha empinada que tras bordear una finca acomete directamente la ladera. La cosa se está poniendo seria y hay que parar de vez en cuando a tomar aire que aprovechamos para echar una mirada retrospectiva y contemplar la belleza del Valle des Aldudes con Baïgorri ya empequeñecido.

Tras 1 km de subida por la trocha, enlazamos de nuevo con la carretera, más bien una pista asfaltada. ¡Menuda longaniza tenemos por delante! Sin embargo, el paisaje es espectacular. A nuestra derecha un profundo barranco por el que fluye una corriente de agua que va formando cascadas. Hemos tenido suerte con el tiempo que nos permite disfrutar de las vistas.

Profundo barranco
Ladera contraria del Col d'Apaloy

Ahora toca subir casi directamente por la loma hasta alcanzar el Col d’Apaloy donde termina la pista, después de 1100 metros de ascenso exigente. En el collado encontramos el coche de un pastor cuyos gritos se intuyen entre un nutrido rebaño de ovejas que pasta por la ladera contraria a cierta distancia de donde nos encontramos. Se impone una parada técnica que aprovechamos para las urgencias y tomar algo de líquido. Por debajo de nosotros discurre la carretera que serpentea en busca del Puerto de Izpegui por donde se entra en España.

Desde el Col d'Apaloy donde termina la pista.
Al fondo el Pic Buztanzelay y el Astaté

Brecha

No hay que engloriarse pues todavía nos queda bastante camino y por lo que vemos al frente debe ser más exigente aún. Por una senda muy estrecha continuamos nuestro avance siguiendo el cordal de la sierra en dirección oeste. Primero por el lado izquierdo de la cresta y después de atravesar por una brecha unos comprometidos peñascos nos situamos a la parte derecha, donde la ladera es más escarpada. Tenemos que caminar con mucha precaución pues un traspié podría ser mortal. Extremando la precaución, vamos bordeando el Pico Pausuguaiz por la ladera más escabrosa. El profundo barranco que llevamos a nuestra derecha es estremecedor. No nos queda mas remedio que armarnos de valor y continuar con decisión. Hay que mirar al frente y valerse de los bastones para guardar el equilibrio.

Bordeando el Pico de Pausogaitz
Cortados de vértigo a nuestra derecha

 

Profundo barranco y cascadas. ¡Espectacular!

Llama la atención de vez en cuando el vuelo planeador de los buitres y el más ligero de algún que otro águila. En eso que oímos voces de personas que nos preceden y que pronto nos van pasando por tandas. Ellos son más jóvenes, y además van desahogados de peso. Por lo menos contamos diez o doce senderistas franceses, entre ellos alguna mujer. Nos detenemos ante un manantial que brota de la montaña entre helechos ante la atenta mirada de una haya solitaria.

Col de Buztanzelay

 

 

Haya solitaria y manantial

Casi llegando a la cabecera del barranco, la trocha comienza a subir con ganas entre un roquedal y regueros de agua, lo que dificulta mucho la marcha. Y por fin alcanzamos el Col de Buztanzelay y con él la frontera española que a partir de ahora deberemos seguir por el cordal en dirección norte. Desde el Col d’Apeloy hemos recorrido 1500 duros metros. Unos caballos pastan a su aire. Bonita estampa. Vemos a los franceses entre una niebla difusa ascender al pico en fila india entre un rebaño de ovejas.

Col de Buztanzelay

Acometiendo el Pico de Buztanzelay

Después de reposar unos minutos continuamos la ascensión. Por unos momentos perdemos la señalización. Tratamos de recuperar la trocha pero la única traza clara va bordeando a media ladera el Pico de Buztanzelay. Pepe y yo marchamos por una senda que en algunos tramos está hecha un lodazal de excrementos de animales. Da asco pisar, pero no hay mas remedio. Juan marcha a un nivel superior tratando de recuperar las marcas. Las botas se nos ponen perdidas de fango asqueroso. No conseguimos localizar señal alguna. Tememos lo peor. Pero la intuición nos dice que debemos seguir bordeando la ladera.

Después de mucho padecer por el fango y áspero camino, recuperamos las marcas en un collado próximo al Pico Astaté, pero todavía debemos superar unos 100 metros de desnivel para alcanzar la cima. Un numeroso grupo de cabras monteses de diferentes colores se esparcen entre las rocas y no parece importarles nuestra proximidad. Juan acaba de alcanzar la cumbre y poco después lo hace Pepe seguido de un servidor al que la mochila se le antoja estar llena de piedras. Estamos a 1021 metros de altitud. Da miedo asomarse a la vertiente este, que forma un cortado de vértigo. Hacia el oeste, más placentero, podemos contemplar el Valle del Baztán en toda su extensión. Es maravilloso. Al fondo parece adivinarse un gran pueblo, debe tratarse de Elizondo (Baztán). Hemos recorrido 1,7 km desde el Col de Buztanzelay.

Cumbre del Astaté
Cabras monteses

Continuamos la marcha siguiendo la línea fronteriza por terreno de pastizal,  alcanzando el Alto de Atalazco (987 m) a unos 600 metros del Astaté. Comenzamos en este punto un suave descenso hasta que se hace mas pronunciado por un bosque de hayas encantador que nos llama la atención después de tanta desolación. Tenemos que extremar la precaución porque el terreno es bastante irregular con peñascos que debemos salvar como Dios nos da a entender. Pepe debe detenerse por razones fisiológicas. Con Juan sigo el descenso hasta alcanzar el Col de Harrieta (808 m) en pleno hayedo, donde advertimos un rudimentario refugio de piedras lo suficiente para resguardarse en caso necesario. Desde el punto anterior han sido 1200 metros los recorridos. En pocos minutos aparece Pepe entre las hayas. Nos dice que ha sufrido un resbalón sin consecuencias. ¡Qué hermoso día estamos teniendo! Y que reconfortante es encontrarse entre tanta haya. A pesar del esfuerzo hoy sí que estamos disfrutando del Pirineo.

Caballos pastando
Hayedo

Ahora toca acometer el Pico de Tutulia situado a un desnivel de 200 metros de donde nos encontramos., por lo tanto la subida es lenta y laboriosa. Como de costumbre Juan se adelanta, seguido de cerca por Pepe. Yo a mi ritmo. Hasta culminar el Pico de Tutulia (983 m), señalizado con un mojón de piedras. Aquí toca hacer un receso para tomar aire disfrutando de las vistas que se abren a nuestro alrededor.

Cima del Tutulia
Llegando a la cima del Tutulia. Atrás queda el hayedo.

Seguimos nuestro Camino, descendiendo suavemente hacia otro collado. Juan se percata que no lleva las gafas, tiene que regresar al Tutulia donde debe habérselas dejado. Efectivamente allí estaban. A 1,3 km del Tutulia alcanzamos el emblemático Pic d’Iparla (1043 m) señalizado con un vértice geodésico. Es hora de hacer un receso para tomar algo y reponer energías. Nos llama la atención un pequeño buzón de hierro medio oxidado por la intemperie. Ahora sí que nos explayamos y nos llenamos de paisaje. “Fotos” que permanecerán en la memoria mientras vivamos. Es curioso la cantidad de ganado que pasta a sus anchas a estas alturas. Llama también la atención la suavidad relativa de las laderas del lado español que contrastan con los cortados del francés.

En la cima del Iparla

Una vez contentados los estómagos proseguimos la marcha por el verde piso, entre vacas, ovejas y caballos. De vez en cuando debemos superar alguna grieta del suelo que esconde profundas simas. Hay que andar con sumo cuidado. Pensamos lo peligroso que podría resultar con nieve.

Las piernas ya van notando el esfuerzo. La hierba está mojada y hay que extremar la atención. Sin embargo, vuelvo a resbalarme y caer. Juan me ayuda a incorporarme. Solo ha sido un pequeño susto sin consecuencias. Hay que ver lo que la mochila amortigua el efecto de las caídas de espalda.

Ya sin picos que ascender, emprendemos la bajada desviándonos de la línea fronteriza. En principio con relativa suavidad hasta alcanzar el Col Herbeux (770 m) a unos 2,8 km del Iparla. A partir de aquí comienza una vertiginosa bajada cargada de dificultades. Ya tenemos a la vista Bidarray pero todavía nos queda un buen trecho. Juan continúa solo a su aire. De vez en cuando oímos su silbato. La trocha está llena de piedras sueltas y rocas puntiagudas que dificultan la marcha. Si las subidas son malas, peores son las bajadas. Gracias a los bastones se puede controlar bastante la situación. Después de alcanzar otro collado pedregoso situado a 400 metros de altitud y bordear el Harriondi, entramos en un bosquecillo de robles y enlazamos con una pista. Han sido casi 3 km de complicado descenso desde el Col Herbeux. Estamos a 176 metros de altitud. De Juan, ni rastro, debe estar ya en el pueblo.

Con los deberes casi hechos, seguimos la pista por la izquierda 300 metros hasta alcanzar la carretera general y a la derecha la gran plaza del frontón de Bidarray (150 m) donde encontramos a Juan que ha tenido tiempo de tomarse una cerveza. Desembarazados de las mochilas volvemos la mirada al macizo de Iparla. Parece mentira que hayamos estado allá arriba. Es espectacular. A pesar de llevar los pies machacados, las piernas doloridas y el cansancio general, creo que ha merecido la pena haberse enfrentado a esta durísima etapa pirenaica, la etapa reina de nuestro Camino.

Sin más, a buscar el Hotel Barberaenea que está situado en la Plaza de la Iglesia. Son curiosas las casas de estos pueblos y caseríos vascos pulcramente encaladas, tejados de teja roja y del mismo color el maderamen. El reloj de la Iglesia nos saluda con el toque de las cinco. Ya está bien, han transcurrido casi 9 horas desde que salimos de Baïgorri y estamos deseando desprendernos por hoy de las mochilas y descansar. Mme. Mirentxu nos está aguardando. Nos asigna una habitación con tres camas. Aceptable. Toca una buena ducha reparadora y colada peregrina que tendemos detrás del hotel. No hay síntomas de que vaya a llover por lo que no habrá problema de secado. Nos tumbamos un rato a estirar las piernas.

Iglesia de Bidarray
El Iparla desde la Plaza de la Iglesia de Bidarray

Mientras llega la hora de la cena, salimos a dar una vuelta por los alrededores. Nos fijamos en la Iglesia de estilo románico, con un florido cementerio adosado. Su atrio, más bien un porche techado con tejas, está soportado por unas columnas con capiteles románicos muy retocados. La puerta está cerrada por lo que no podemos visitarla.

Llega la hora de la cena que esperamos como agua de mayo porque hoy solo hemos tomado caliente el desayuno. Nos pasan al comedor y nos sirven una cena aceptable y nos permitimos el lujo de celebrar la feliz conclusión de la jornada con una botella de vino de rioja y un suplemento de "fromage de brebi" (queso de oveja). Recogida de ropa y a descansar que hoy creo que nos lo tenemos bien merecido.

Mientras concilio el sueño, pienso en el buen día que hemos tenido y en la satisfacción que producen estas insólitas etapas. Además, hemos estado de suerte. Hoy la lluvia nos ha respetado, lo que ha contribuido a vivir el Camino con intensidad.

Buenas noches y hasta mañana.