Paisaje pirenaico

10ª JORNADA

Saint Jean-Pied-de-Port - S. Etienne de Baïgorry ( 18,3 km)

Miércoles, 11 de junio de 2008

Junto al Albergue, preparados para comenzar la jornada

¡Vaya nochecita! No ha dejado de llover y lo peor de todo es que hemos tenido goteras. No podía ser de otra manera a la vista del estado de la casa. El más perjudicado Juan. Las goteras caían justo encima de su almohada. Así que entre maldiciones no tuvo más remedio que levantarse para desplazar el camastro. Yo he tenido algo más de suerte, las goteras me caían justo por el rincón librando la cama. Mientras Pepe no tuvo problemas. No obstante, el plop-plop plop de las goteras nos puso tan nerviosos que nos desveló. No hay derecho a que gentes desaprensivas se aprovechen de esta forma de los incautos peregrinos y peor aún pagando por el servicio como Dios manda.

A las 07:00 horas nos levantamos, parece que ha dejado de llover, menos mal. Una vez aseados bajamos a desayunar a una habitación junto al patio que el dueño ha habilitado para tal menester. Ya hay peregrinos preparandose sus desayunos. Hay un poco de barullo pero bueno, por lo menos podemos comenzar la jornada con algo caliente en el estómago.

Antes de unirnos a la ristra de peregrinos que se encaminan hacia la Port d'Espagne, el dueño del Albergue nos saca una foto junto a la puerta. Le decimos lo de las goteras, pero me da la impresión que le entra por un oído y le sale por el otro.

Salida de S. Jean-Pied-de-Port por la Puerta de España

En la Port d'Espagne, tomamos hacia la derecha buscando la carretera de Baïgorry al contrario de todos los demás peregrinos, que nos miran extrañados, y que tiran hacia la izquierda en busca de los primeros duros repechos del Camino de Roncesvalles. La señalización blanco-roja se nos resiste, por mas que miramos, no somos capaces de localizar marca alguna del GR-10. Preguntamos a los pocos lugareños que encontramos a nuestro paso pero no saben decirnos la ruta. Después de andar por la carretera más de un kilómetro, decidimos volver sobre nuestros pasos pues ya estamos en la campiña y no hemos visto traza de señal alguna. Al final conseguimos que una persona nos indique que hay que ir por el desvío a la comuna de Lasse que está a unos 600 metros de la Puerta de España por la carretera de Baïgorri a la altura de la comuna rural de Uhart-Cize. La culpa de este desasguisado la tiene el plano por el que nos guiamos que solo abarca hasta la cima del Monhoa. Pero bueno, ya estamos en ruta y Juan silbando las marcas que va localizando.

Iglesia de Lasse

Por el momento nos estamos librando de la lluvia aunque las cumbres las vemos cubiertas por la niebla. Por carretera local y casi en llano cubrimos los dos primeros kilómetros desde el desvío llegando a la pequeña comuna de Lasse en cuya plaza se alza una coqueta iglesia encalada.

A partir de Lasse la carretera se estrecha y comienza a empinarse. Conforme vamos ganando altura, el paisaje se va transformando, dejando entrever tras la niebla que lame las laderas de las montañas, profundos barrancos. Las ovejas y las vacas pastan a sus anchas por las pendientes laderas cubiertas de helechos sin preocuparse lo más mínimo de nosotros, de la densa niebla, ni del frío. Menos mal que vamos bien abrigados. Esto sí que es lo que se llama subir. De vez en cuando se vislumbran entre la niebla las antenas instaladas en la cima del Monhoa. Cada uno a nuestro ritmo vamos alcanzando altura hasta que la pista termina en una fuente abrevadero donde aprovechamos para tomarnos una pastilla energética y nos damos un breve descanso para tomar aire, lo justo para no quedarnos fríos. Todavía nos quedan casi 200 metros de desnivel para alcanzar la cima. Y es que Sant Jean-Pied-de-Port está a 157 metros de altitud y tenemos que remontar los 1021 m del Monhoa.

...la niebla lamiendo las laderas...
Las ovejas y las vacas pastan a sus anchas....

La niebla sigue dificultando la visión de las marcas. Además ahora se trata de alcanzar la cima directamente ladera arriba guiándonos de las estacas, alguna de ellas tirada en el suelo. El panorama es sobrecogedor. Afrontamos el último repecho sobre la hierba entre los rebaños de ovejas que ni se inmutan. ¡Cómo se nota el peso de la mochila!

Otro paisaje
Entre las ovejas hacia la cima del Monhoa

Llegamos a la altura de las antenas extenuados. Estamos a 1021 metros de altura. La niebla sigue corriendo. El ambiente cargado de humedad. El paraje es inhóspito. No es lugar más adecuado para parar, hay que tomar un poco de aire y proseguir. Ahora en bajada por la ladera opuesta, con mucha precaución porque el pastizal está resbaladizo. Juan y Pepe van delante reconociendo el terreno, yo voy más precavido aunque no lo suficiente como para sufrir un resbalón y caer todo lo largo que soy sobre la hierba mojada. Gracias a la mochila que amortigua la caída no me hago daño. Me reincorporo como puedo y sigo el descenso con más precaución aún. Después de 1 km directo por ladera, llegamos a una pista asfaltada. Dudamos por el lugar exacto donde nos encontramos porque no sabemos si hemos seguido bien la ruta y no se distingue nada alrededor. La brújula nos saca de apuros, hay que tomar a la derecha que sobre el mapa es la dirección de Baïgorri.

Resueltos tomamos la pista a la derecha. Dos senderistas aparecen entre la niebla y se detienen junto a nosotros. Es grato encontrar a alguien en estas soledades. Son dos ingleses maduros. Nos preguntan por el tiempo que hemos encontrado por allí arriba. A la vista está. Ellos mismos pueden hacerse una idea. A su vez nos informan que a 1 km más o menos tendremos que desviarnos a la altura de un manantial, que tengamos cuidado porque el piso está muy resbaladizo por el barro. Nos despedimos y proseguimos por la pista.

Col d'Urdanzia
Otro pasisaje

A 400 metros llegamos al Col d’Urdanzia señalizado perfectamente en una placa sobre una gran roca en la que sobresale una sencilla cruz de hierro. Comienza a llegarnos el sonido de los truenos a nuestras espaldas. Parece que la tormenta está concentrada sobre la cima del Monhoa. De buena nos hemos librado. Pero hay que apresurarse no vaya a ser que nos toque a nosotros. 500 metros más adelante tenemos el desvío a la derecha del manantial que nos habían hablado los ingleses. El agua corre ramificada por los surcos que va abriendo en el suelo. Está todo encharcado. Así que hay que extremar la precaución en nuestros pasos y hacer buen uso de los bastones que para estos casos son insuperables.

La embarrada senda va bordeando la cabecera del profundo barranco que se abre entre el Monhoa, el Munhogain y el Oilarandoi. Seguimos el descenso hasta llegar al Col de Leizarza situado a 900 metros del manantial. Estamos a 828 metros de altura.

Comienza ahora una pequeña subida bordeando por la derecha la cima del Munhogain seguida de un descenso hasta una explanada donde enlazamos con una pista asfaltada. Nos encontramos en el Col d’Adarza a 734 metros de altitud. Han sido 1300 metros desde el punto anterior.

Junto a unos troncos, Juan propone detenerse a tomar los bocadillos. Efectivamente paramos, pero la tormenta se nos están echando encima y tememos que no tardará mucho en llover, además, aunque la niebla se está disipando, el cielo se está volviendo negruzco por momentos. Truenos y más truenos cada vez con más fuerza. Pepe y yo nos comemos los plátanos de dos bocados y le decimos a Juan que deberíamos continuar. No está el tiempo para bollos. El aspecto del cielo se va tornando inquietante.

Como nos temíamos comienza a llover y a levantarse viento mientras truenos ensordecedores retumban en el cielo junto a algún que otro relámpago. Tan rápido como podemos nos enfundamos los impermeables y Pepe y yo nos disponemos a partir. Juan prefiere terminarse el bocadillo. Son momentos de tensión y desentendimiento. –Nosotros nos marchamos, Juan-. -Bueno, continuar que ya os cogeré –nos contesta-.

No llevamos andados más de 100 metros cuando ya tenemos a Juan unos metros tras nosotros y pronto se nos une caminando juntos en perfecta armonía. Hay momentos en el Camino en que inevitablemente surge entre nosotros alguna desaveniencia pero afortunadamente queda zanjada unos minutos después. Lo que estoy notando, es que hasta ahora Juan no ha entonado un solo canto. Y es que verdaderamente, la etapa y las circunstancias meteorológicas no se prestan para ello.

Caballos y desvío senda
S. Etienne de Baïgorry

Ya tenemos a la vista Saint Etienne de Baïgorry inmersa en el Valle de los Aldudes bajo nosotros a la izquierda. A 1,5 km del Col d’Adarza vienen hacia nosotros unos caballos al trote. ¡Qué bonita estampa! Las marcas nos desvían de la pista por una senda comenzando una bajada vertiginosa. Con la vista puesta en Baïgorri y su flamante castillo vamos descendiendo, yo con la ayuda de los bastones para no irme de nuevo al suelo. Para más inri, la lluvia y el barro dificultan la bajada. Son 2,8 km cuesta abajo muy arriesgada que logramos superar como Dios nos da a entender.

Ya estamos al nivel de la Nive des Aldudes, cruzamos la vía férrea por un paso inferior y desembocamos en una calle cerca de la estación de ferrocarril, frente a una farmacia. Por fin hemos llegado sanos y salvos a Saint Etienne de Baïgorry (simplemente Baigorri en vasco), aunque todo hay que decirlo, bastante reventados, mojados por los cuatro costados, las botas y perneras cubiertas de barro y los calcetines empapados; han sido 18,3 duros kilómetros los recorridos. De momento nos guarecemos bajo el alero de la farmacia pues llueve bastante. Cuando reposamos un poco y descargamos el agua de los impermeables, entramos para comprar alcohol de romero pues hoy no nos vendrán mal unos masajes. El farmacéutico nos dice que allí no se conoce ese tipo de alcohol, tiene otras lociones con similar efecto. Preguntamos por la Gîte d’Etape. Está a un kilómetro y medio de donde nos encontramos.

La Nive des Aldudes
Puente medieval y castillo

Así que no hay más remedio que continuar andando. Es la propina de la jornada. Cruzando el río salimos a la calle principal que tomamos a la derecha. Vamos a dar a una plaza donde no podía faltar el frontón (no hay pueblo vasco que se precie tener por lo menos uno) y seguimos hacia la salida norte del pueblo. Siempre por la margen izquierda del río llegamos a una bifurcación. Un cártel indica a S. Jean Pied de Port por la derecha cruzando el puente sobre la Nive des Aldudes pero ese no es nuestro Camino, debemos seguir por la izquierda dejando una gran superficie comercial y después un camping a la derecha. Llegamos a la primeras casas del barrio de Leispars y tras preguntar, localizamos por fin la Gîte d’Etape un poco perdida entre las casas del lado izquierdo de la carretera, lindando ya con la campiña (1,5 km justos desde la farmacia).

Un poco de espera hasta que llega el dueño del Albergue que nos recuerda que tenemos que quitarnos las botas que dejamos a secar y nos guía hasta el dormitorio común en la primera planta. Unas colchonetas sobre el suelo y mantas es lo único que hay. Más que suficiente para descansar. Contamos con la compañía de un joven senderista que está haciendo el GR-10 en dirección contraria a la que llevamos. Nos despojamos de la ropa y una vez duchados y hecha la colada sobretodo de las perneras que van perdidas de barro, nos estiramos sobre las colchonetas. En el exterior ha salido el sol y hace un poco de viento por lo que la ropa, tendida bajo un cobertizo, esperamos que no tardará en secarse.

Una vez reposados, volvemos a la plaza central del pueblo y me siento en la terraza del Bar El Frontón, mientras Juan y Pepe van a comprar leche, cacao y bollería para el desayuno de mañana.

Sobre las siete, entramos al bar dispuestos a cenar. Hoy nos va a entrar bien todo lo que nos den, pues casi no hemos comido nada.

Apurada la cena, a regresar al albergue que hay que descansar bien para recuperar energías. La etapa de mañana será la etapa reina de nuestro Camino por el GR-10. Hay que recuperarse. Recogemos la ropa y a dormir. Mañana será otro día.

Antes de dormirme, pienso en la difícil etapa cubierta hoy, en el impresionante paisaje que ha dado un vuelco de 180º a lo que estábamos acostumbrados, las cuestas, la tormenta, los rebaños pastando por las laderas envueltas en la niebla, la caída, los caballos... imágenes inolvidables que van desfilando por mi mente. Esto no es la Vía del Pièmont, pero a pesar de los apuros, hemos logrado terminar la jornada felizmente.

Buenas noches y hasta mañana.